Hace año y medio, prologando otra exposición de Silvia Rubinson, destacaba que ella, acostumbrada a las palabras como buena psicoanalista - sabía también el límite de las mismas-; por ello pintaba evitando todo tipo de representación ya que representar equivale a nombrar. Decía entonces “La única imagen que presenta - como quien nombra algo - es su propia obra”.
Pero en esta ocasión, frente a los cuadros que integran esta nueva muestra, no puedo decir lo mismo. Acontece que Silvia, junto a su hermana, ayudando a su padre Hilel Rubinson a concretar un libro sobre la historia familiar y los recuerdos de infancia y juventud en una colonia judía de Entre Ríos, se enfrentó con papeles, fotografías y toda clase de documentos surgidos del pasado. Estos objetos reales se entremezclaban en ella con sensaciones abstractas: nostalgia, añoranza, ternura e incluso dolor. Las vivencias de su padre devenían las suyas. Comenzaron entonces a aparecer en sus obras alusiones a escrituras e imágenes familiares - pintadas o por medio de collage - y así también un símbolo: la máquina de escribir de su padre. Estas representaciones conviven en sus últimos cuadros con el tema fundamental en la obra de Silvia: la vida encarada a través de la pintura con pasión pero también con lirismo. No hay contradicción alguna porque los datos visuales aluden a la vida familiar. No hay que olvidar que en nuestro hablar cotidiano representamos a las cosas cuando las nombramos pero ellas están rodeadas de términos abstractos; como amor, odio y también de adjetivos y verbos.
En la pintura, si la representación equivale al sustantivo, el color adjetiva y los ritmos abstractos indican la acción, el verbo. La pintura de Silvia Rubinson con manchas y grafismos, con o sin letras, nos muestra en tiempo presente el tiempo pasado. Así hace honor al último Wittgenstein, el que ya no quería callar frente a lo que no se puede decir - como lo afirmaba en su juventud - y optaba por mostrar: allí su apertura hacia los lenguajes artísticos. Por ello Silvia Rubinson se decidió por la pintura, el arte de la imagen, para darle rostro a dos de sus características fundamentales: su alegría de vivir y su generosidad de espíritu. Con ellas, en esta muestra, visita sensorialmente el pasado de sus seres queridos, porque este constituye presente e identidad.
Luis Felipe Noé
Bs. As. Agosto 2007